|
de Elegia a la casa y otros recovecos
La habitación de los deseos
… en esta habitación hecha de silencio en espera de nadie bailo sin cuerpo sólo mi sombra sus memorias sus secretos y el olvido
Marcia Reverón- Distancias de cenizas
I
El Amor
Un cigarrillo y un libro son mis mejores aliados en las noches de insomnio. Esa amarga soledad se mete por los poros de la piel hasta matar el hambre, te carcome las heridas o te seduce en una lánguida pesadilla para después aniquilarte.
Al amparo de la luz tenue de esa bombilla, me visto con el mismo cuerpo de todos los días. Un intenso deseo no me deja conciliar el sueño, una idea se agolpa entre mis cejas: ¡desnúdame, deshuésame!
El amor, el dolor y la muerte, se sintetizan en esta habitación; forman parte de la gramática pues se conjugan con el verbo que mejor te cuadre.
En esta alcoba se encuentran nuestros cuerpos que se funden, se asfixian, se corrompen, y después claman. Decir que nos hemos amado tantas veces es una inexactitud; decir que mi boca ha delineado las fronteras de tu silueta es una realidad. Cabalgo lentamente hasta llegar a tus ojos que me miran sin recato: antes de habitarte crucé por diversos caminos, incluso me acerqué a Dios. Mi vientre está vacío, quise llenarlo de ti pero el tiempo es inexorable y este espacio solloza por el desierto que le habita.
Tus manos tienen el misterio de la magia, saben cuándo tocarme el corazón y cuándo hacerme tuya; también saben acariciar la parte más obscura de mi espacio que comparto y te pertenece. Si alguna certeza tengo, es que tu amor me abriga.
Miro una mariposa blanca:
alas al vuelo,
al tiempo,
pletórica,
se posa sobre mi pubis.
Después del amor, el reloj sigue su marcha. Despiertas y el lecho está vacío y es tan ancho que no llenas ese hueco, sólo queda la humedad y el olor de tu perenne presencia. El silencio suele ser solemne: cuando callas eres polvo, eres luz, eres ciego, tan ciego que callas.
En el baúl siempre hay un sol a la espera de su luna nueva. Del cielo cayó una estrella en el vértice de mi mano para extender un cálido abrazo al momento de tu llegada. Aquí permanezco inmutable para desnudarme frente a ti y ser de polvo y llamas. Deseo darme plena, emancipada de los atavíos para expandirme por la topografía de tu trazo, y perderme en ella, cuando el crepúsculo apenas asome por la ventana.
Te quiero en mangas de camisa, al borde de la cama, cruzando por el abismo de mis ojos ermitaños sin preguntas. Imagino mis brazos ceñidos a tu cintura y mi cabeza en tu hombro para caminar por las calles soleadas de este mundo.
En los espejismos de mi mente, espera una barca anclada al muelle ansiosa por emprender el recorrido. Más allá de las montañas, en la cima, está nuestra casa: toda sola, toda blanca, iluminada, perfumada de jazmines. En el traspatio, puedo advertir el nerviosismo del perro que no deja de saltar por nuestro próximo arribo.
II
El dolor
Hoy me duele todo, desde la uña del pie izquierdo hasta la orilla de la nariz. No tengo alivio, ni paz ni pena. Las horas susurran, se adelgazan y me encuentro ante mi propia mirada: lejana y distante. Este corazón augura el Apocalipsis, se anticipa a la profecía divina que se anida en la faz de la tierra, en el centro del hombre.
Tiendo al sol este dolor ancestral; estoy cansada del destierro de mi misma, de no haber estado en ningún lugar. Soy errante en busca de un árbol para verterme en el pasto y cubrirme con su sombra. Graznan los escarabajos esculpidos en las tumbas.
Esta dolencia se asemeja a la piedra en el zapato en medio del desierto que me impide seguir por la vereda. Descubrí la desventura al verme despojada en la inmediatez de tus confines. Las coordenadas presagian el cansancio de la prórroga. Sigo tus pasos sin sentido, ¡huyes!, la adversidad me desvía de tu marcha.
Me debato con el fantasma que tiene rostro de mujer ligada a tu abismo. Sé que, cuando la amas, evocas mi presencia, y con tu olfato recorres el olor de mi cuerpo y sus huellas intangibles que llevas entre tus dedos. Después duermes como un convicto y tiñes la angustia al no tenerme entre tus ramas. Cuando inicia la alborada, exclamas con un grito sordo: ¡quédate, no te vayas todavía!
Así vivo el sepulcro de esta habitación y sus secretos. A veces, ciertamente, lloro porque no puedo con tanta tristeza.
III
La muerte
El amor es letal cuando se vive en soledad. Todos los días te veo en los fragmentos de mi muerte, desvío la mirada para no encontrarte en la agonía. Muero de muerte y en la muerte escucho tu lamento. De una vez, y para siempre, quisiera consumirte en mis escombros, lucho deliberadamente en contra de este amor que me avasalla. Me extingo en las tinieblas. ¡Qué callada manera de amar hasta en la muerte!
Las viejas trampas me llevan a este duelo circular. En el epitafio de nuestra muerte se adivina -apenas legible- una frase que le da sentido a la sinrazón:
En el perverso juego del amor
yacen dos cuerpos,
entre los dos,
hay cien horas y un abismo
que resucitan sus secretos y el olvido.
¡Ah, serena llega la alborada!
|